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Mi pequeña gran fortaleza

  • Foto del escritor: El Buho En Ruta
    El Buho En Ruta
  • 25 feb
  • 2 Min. de lectura

Dicen de ti que no eres árabe. Que fuiste un regalo para los Reyes Católicos, levantado por Rodrigo Ponce de León en el siglo XV, y que, sin embargo, tus constructores fueron maestros musulmanes, lo que sembró la confusión durante siglos.

Dicen también que durante mucho tiempo fuiste un misterio, oculto entre la historia no contada de los pueblos pequeños, hasta que el libro Castillos de Sevilla empezó a rescatar tu memoria.


Yo, como tantos otros que crecimos a tu sombra, te conocía sólo por algunas fotos antiguas y recuerdos de infancia. Pero fue al regresar a vivir a Constantina cuando mi curiosidad se convirtió en admiración. Y hoy, que tengo la fortuna de llamarte “vecino”, quiero compartir contigo y con quien lea estas líneas, lo que para mí es tu verdadera historia. La historia de un castillo que fue mucho más que piedra y muralla: fue orgullo, fue escudo, y sigue siendo alma.


Elevado sobre uno de los cerros más altos de Constantina, tu silueta vigila el pueblo desde tiempos inmemoriales. Puede que tu origen se remonte incluso a asentamientos romanos, aunque fuiste los árabes quienes te convirtieron en una auténtica fortaleza para defender el eje Norte-Sur de Al-Ándalus, dentro de la antigua Cora de Firrish.

Tu estructura era majestuosa: siete torres fortificadas, una muralla imponente, un aljibe para almacenar agua, caballerizas, un patio de armas y dos torres gemelas en tu entrada. Una fortaleza de verdad.



Tu historia documentada comienza en 1246, cuando Fernando III, tras conquistar Córdoba y Jaén, se toma un respiro en su avance. Aprovecha esa tregua para organizar sus tropas y tomar plazas clave: Lora del Río, Alcolea, Setefilla, Tocina, Reina… y por supuesto, Constantina.

Aquí, la fortaleza le fue entregada sin derramamiento de sangre, con la única condición de que los musulmanes que la habitaban pudieran quedarse en el pueblo.

Un año después, Constantina fue adjudicada a Córdoba, pero en 1253, por privilegio de Alfonso X el Sabio, el castillo pasó definitivamente a Sevilla, donde aún pertenece.



A lo largo de los siglos, fuiste testigo de alianzas y conflictos entre nobles. En 1470 llegaste a manos de Don Rodrigo Ponce de León, quien nombró a su primo Manuel Zapata Ponce de León como Alcaide del castillo. Juntos realizaron tus últimas modificaciones.

En 1478 pasaste a ser parte del patrimonio de los Reyes Católicos. Y aún, siglos más tarde, en 1810, durante la invasión francesa, te usaron como punto fortificado.


Hoy, aunque ya no luzcas completo, sigues en pie. De tus siete torres originales, quedan tres, entre ellas la imponente Torre del Homenaje, restaurada con esmero. Gracias al Ayuntamiento de Constantina, aún puedes ser visitado, admirado y redescubierto por quienes llegan hasta aquí buscando historia, paisaje y verdad.

Porque no eres un castillo cualquiera. Eres el guardián de nuestro pasado. Un símbolo silencioso que se alza entre el cielo y los valles verdes de la Sierra Morena.

Y puede que la historia oficial aún tenga huecos, pero para quienes te miramos cada día, tú eres, sin duda, el gran Castillo de Constantina.


 
 
 

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