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Un Belga en Constantina

  • Foto del escritor: El Buho En Ruta
    El Buho En Ruta
  • 25 feb
  • 2 Min. de lectura

Una de las cosas más sorprendentes de Constantina es su historia. Conocer cada rincón de mi pueblo me fascina, pero cuando, además, descubres el cómo y el porqué de cada lugar, ese rincón se vuelve aún más especial.

Ese es el caso del Monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, un lugar emblemático en nuestra localidad, que hoy pertenece a las Hermanas Jerónimas.

Sin embargo, no siempre fue un convento. Lo que hoy conocemos como monasterio fue, en su día, una viña de unas seis hectáreas llamada “La Carlina”, adquirida en 1954 por un personaje muy querido por algunos y no tanto por otros.

Ese personaje no era otro que Don Juan Sanchís, o como todos lo conocían en Constantina: Don Juan, el de La Carlina.

Según cuentan, poco se sabía de él cuando llegó al pueblo. Vivió en la finca Majalimar desde 1949 y, tras el fallecimiento de sus propietarios, decidió trasladarse definitivamente a Constantina y comprar la viña de La Carlina.

Presidida por una gran torre conocida como “El Castillo Blanco”, la viña —ya convertida en finca— contaba con una entrada majestuosa al estilo de un anfiteatro romano (que aún se conserva), varios jardines con fuentes, dos albercas y una torre roja. Junto con las llamadas “casas de los americanos”, todo esto hacía de La Carlina un lugar realmente singular.

Son muchas las historias que circulan sobre Don Juan y su misteriosa finca. Algunos afirman que no fue hasta la boda de su hija cuando se descubrió que Don Juan Sanchís no era otro que León Degüelle, un belga condenado a muerte por crímenes de guerra y alta traición por colaborar con el régimen nazi. Se dice que utilizó Constantina como refugio, ya que estaba siendo buscado por las autoridades. Otros, sin embargo, aseguran que su verdadera identidad era conocida por algunos desde su llegada, e incluso afirman que en una ocasión la Reina Fabiola de Bélgica visitó Constantina y se reunió con él en La Carlina.

Nunca sabré con certeza si la presencia de Don Juan benefició o perjudicó a los habitantes de Constantina. Es bien sabido que ofrecía trabajo a quien lo necesitaba y ayudaba a quienes acudían a su puerta, pero también que no fue justo con todos. Lo cierto es que, un buen día, se marchó… y La Carlina quedó ahí, como testigo silencioso de su paso, y, por azares del destino, terminó convertida en monasterio.

Tengo la suerte de tener al Castillo Blanco por vecino y de poder contemplar La Carlina desde mi hogar. Y cuando la miro, siempre me digo lo mismo: no sé si fue un hombre bueno o un hombre malo, pero a Constantina le hizo un gran regalo.

Gracias, Don Juan.


 
 
 

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